El saber
¿de dónde venimos?, es una incógnita que ha acompañado al hombre a lo largo de
toda su evolución, es latente el misterio de conocer nuestro origen, los
grandes pensadores de las culturas antiguas tenían presente constantemente la
necesidad de descifrar la interrogante, lo que orillo a los mismos a generar la
mitología que permitía explicar ese enigma. Dentro de esa mitología se
encuentra la generada por la cultura azteca, que narra el origen de un imperio
majestuoso de todos los tiempos, que comenzó con el peregrinaje de un grupo de
personas que provenía de Aztlán, la región más sagrada de que ellos tuvieran
conocimiento, es el sitio en donde se encontraba Chimóztoc lugar de las siete
cuevas, cuando emergieron de las entrañas de la tierra.
Cuentan y
dicen los viejos que saben, que en medio de un gran lago, fue donde partieron
las cuatro tribus nahuatlacas, transcurridos 130 años después de la creación
del quinto Sol, de conformidad con las indicaciones del dios Huitzilopochtli
(dios de la guerra), que se manifestó como un pájaro que en su cantar dejaba
escuchar “tihui, tihui, (ya vámonos, ya vámonos)”. Los peregrinos
buscaban mejores tierras en donde asentarse, se llamaban aztecas porque eran
originarios de la tierra de Aztlan, sin embargo en una revelación su dios les
ordeno llamarse mexicas, adornando sus orejas con plumas y otorgándoles el arco
y la flecha.
Tardaron
muchos años en asentarse, pasaron por Tollan (Tula) en donde aprendieron de los
Toltecas grandes cosas, como la fiereza en la guerra, las artes, la elaboración
de los penachos y los sacrificios en la panza de Chakmool; llegaron al Valle de
México y se encontraron con muchas dificultades al chocar con los pueblos que
en ese entonces dominaban esa región, como el de Culhuacán mismo que debido a
sus crueles prácticas culturales los expulsó y los forzó a huir de sus tierras,
sin embargo la fiereza y determinación del pueblo mexica les abrió camino al
grado de ser temidos por los vecinos, a los que les incomodaban su carácter
guerrero y se les llego a considerar no humanos, se decía que provenían del infierno
(el lugar del frio eterno).
Los
sabios más sabios y viejos decían que la tierra que Huitzilopochtli les
prometió a los herederos de Aztlán, estaría localizada en donde estuviera un
águila sobre un nopal devorando una serpiente, la señal se revelo sobre un
islote en el Valle de México a las orillas del lago de Anáhuac, cuando Tláloc
indico que Huitzilopochtli había llegado a su destino, la migración culmina en
el año 1325, una vez que los sabios determinaron que todas las señales se
habían cumplido, ahí edificaron Tenochtitlan la capital del Imperio Azteca, la
majestuosidad de este imperio dejo sorprendidos a los propios españoles,
quienes no habían visto ciudad tan bien organizada y de tal belleza.
Tal fue
la fascinación por Aztlán, que los propios Aztecas, una vez que su imperio
estaba consolidado, comenzaron a preguntarse por la tierra que les dio origen,
pensaban que su grandeza y poderío tenia raíz en el lugar de donde partieron,
–el lugar en donde habitaba Coatlicue–, era tal su apego y melancolía que se
envió una expedición a buscar en donde se localizaba, los viejos decían que era
dichosa y tenía abundancia, con gran variedad de árboles y animales, que se
encontraba en el lugar del gran lago, en el cerro de las siete cuevas, después
de pasar por donde no había en donde estar, más allá de la tierra del ocelote,
en donde las piedras lastimaban y las hierbas mordían. El emperador Moctezuma
I, solicitó consejo de Tlacaelel para localizar la ubicación de Aztlán la
“Tierra Blanca”, se determinó encontrar el camino de retorno, para saber quién
la habitaba, para lo que se convocó a los mejores nahuales y brujos que harían
llegar un mensaje a Coatlicue madre del dios de la guerra, haciendo
saber que Huitzilopochtli había logrado su objetivo de guerrero.
Se narra
por los que saben que los nahuales enviados por Moctezuma I y Tlacaelel,
realizaron conjuros poderosos para que los dioses los volvieron fieras y
algunas aves para llegar a Aztlán, una vez que llegaron recuperaron su forma
humana, vieron a personas remando sobre sus chinampas, les hablaron y
reconocieron su mismo idioma, estos quedaron sorprendidos y preguntaron sobre
su origen:
–¿De
dónde vienen, quiénes son?
–Somos
mexicas de Tenochtitlan y buscamos el lugar en donde habitaron nuestros
antepasados. –¿A que dios adoran?
–A Huitzilopochtli; nuestros señores Moctezuma y Tlacaelel nos enviaron en busca de Coatlicue, la madre de nuestro dios y saber si es aquí el lugar de las siete cuevas Chicomoztoc, traemos algunas cosas de las que allá se dan, como ofrenda para la madre de nuestro dios.
Después
de esto fueron presentados ante un viejo servidor de Coatlicue, frente al cerro
de Colhuacán:
–Venerable
anciano y señor, hemos llegado nosotros tus hijos al lugar donde tu palabra es
respetada, hemos venido enviados por el señor Moctezuma y el señor Tlacaelel al
que llaman Cihuacoátl.
–¿Quién
es Moctezuma y quién es Tlacaelel? porque esos nombres no son de acá, da acá
partieron siete varones, caudillos de los viejos barrios y con estos se fueron
cuatro sabios servidores de Huitzilopochtli.–Señor no conocemos a esos señores, pues todos han muerto hace tiempo.
–¿Qué pudo matarlos? ¡Todos los que aquí nos quedamos seguimos vivos!
Los
hechiceros relataron que el venerable anciano los condujo frente a Coatlicue,
pero no le podían seguir el paso pues era ligero, y les pregunto:
–¿Qué les
pasa mexicas?, ¿Qué comen allá en sus tierras?, ¿Qué los hizo tan pesados que
no pueden subir?
–Comemos
Maíz y bebemos cacao y de todas las cosas de las que allá se dan.–Pues por eso que comen y lo que beben no pueden llegar al lugar de sus antepasados. Y esas riquezas que cargan los hacen aún más pesados, acá no se usan esas cosas porque la vida es humilde. Quédense ahí llamare a la Madre Coatlicue para que la vean.
Los
mexicas esperaron mientras veían alejarse al anciano con gran ligereza, una vez
que estaba en la cima del cerro, salió una mujer de mucha edad, con una cara
sucia que parecía haber salido del infierno, la anciana los miro y les dijo:
–Mi
corazón se alegra al verlos hijos míos, después de que partió mi hijo
Huitzilopochtli su dios, estoy triste y llorando, esperando su regreso. Él me
dijo regresaré pronto, solo acompañare a estas familias a la tierra prometida a
donde han de ir, una vez que yo haga la guerra con mi lanza y todas las
provincias, ciudades y pueblos, estén a mi servicio, entonces retornare, pues
habrá acabado mi tiempo. Supongo que debe estar muy bien allá que no se acuerda
de su madre, por eso les mando a ustedes que le digan de mi parte que ya está
cumpliendo su tiempo, así como el hizo la guerra y sometió con su lanza a todos
los pueblos, así como los conquistó se los quitaran, y será expulsado por gente
extraña, rodara cuesta abajo con sus armas, el gran guerrero será vencido y
volverá a mi seno, ya es hora de que vuelva y para que se acuerde que soy su
madre y que quiero verle denle este calzón de henequén.
Así fue
dicho por la madre Coatlicue y así lo transmitieron los sabios a Moctezuma y
Tlacaelel, y los señores de Tenochtitlan escucharon con el corazón entristecido
que su dios seria vencido. La leyenda del retorno a Aztlan se transmitió entre
los aztecas, reconociendo su origen divino, el calzón fue mandado al templo del
dios guerrero, pues era un regalo de su madre, los aztecas tenían un gran
sentido del ciclo de la vida, que se asemejaba al destino que esperaba a su
pueblo.
Hasta
aquí la leyenda de Aztlán, muchos concluyen que la “Tierra Blanca” se
encuentra al noroeste de México, su ubicación exacta aún es un misterio, no
existe un consenso respecto al paradero de esta tierra sagrada de los Aztecas,
pero sin duda el misterio es lo que ha permitido que esta leyenda tome fuerza,
el origen de una de las culturas prehispánicas más desarrolladas de México se podría
encontrar en esa tierra desconocida, quizá muchas respuestas respecto a
nosotros mismos pudiesen ser develadas, genera asombro la idea de que exista un
lugar de donde surgieron los hombres que en 200 años hicieron un majestuoso
imperio por su fe ciega en el dios que les prometió todo. Quizá Aztlán el lugar
sagrado de donde partieron nuestros ancestros se encuentre algún día, tal vez
los dioses sigan habitándolo y nos encontremos con Huitzilopochtli quien volvió
como le prometió a su madre, quizá hablemos con los dioses en una nueva era en
la que los hombres podamos entender lo que nos quieren decir y veamos con
nuestros ojos el renacimiento de México con su capital Tenochtitlan.
Sólo
venimos a dormir,
sólo
venimos a soñar,¡No es verdad, no es verdad!
¡Qué venimos a vivir en la tierra! (Canto mexicano de Tenochtitlan).